2117

I Concurso de Relatos Breves de la Biblioteca Municipal de Castronuño

Título: 2117

Autor: Alejandro Alonso Díez

Categoría 4 (Adultos)

2117

 

Esa noche de Agosto de 2117, padre e hijo gozaban  hablando al fresco bajo el Pino “Grandón” del Parque de las Eras altas. Gerardín  escuchaba absorto las historias de su padre  Germán. Le encantaban sobre todo las historias acerca de su tatarabuelo, al que en Castronuño llamaban Abel “el bueno”.

– Mira Gerar, el abuelo Abel tenía querencia por los pinares: el pino “Grandón” lo plantó en 2027. Creció descomunal y al verlo tan imponente decidimos juntarnos aquí para tomar decisiones importantes del pueblo, o para sellar pactos entre los vecinos.

– ¿Y plantó muchos árboles?

– ¡Cientos de árboles! En el Palomar plantó los pinares y se hizo la casa de madera donde solemos ir en fiestas.

– ¡Sí, me lo paso guay cuando estamos todos juntos en el Palomar! Y  el abuelo era muy listo y hacía fábricas…

– Bueno, no exactamente. Él vivía en el Palomar con la abuela Estrella y cada día bajaba con una idea a Castro, y como las ideas eran estupendas, pues cuajaban; él pensó en e Bodega de vino y en la Quesería, y ahora hay muchas familias que viven de ellas.       La gente dejó de emigrar y ahora hay el doble de gente  ya viviendo aquí. También le hicieron caso y plantaron majuelos grandotes y cientos de frutales por todo el término.

– Y salía mucho en la tele… yo he visto videos suyos grabados, –apuntó el nieto-, aunque son antiguos y se ven un poco regular.

– Je, je… (Sonrió el abuelo). A él le privaba vivir libre en El palomar con la abuela, ¡cuánto se querían! , incluso en las etapas en que anduvieron achuchados de dineros;  rodeado de sus libros, sus vinos, el huerto…allí se le veía a sus anchas, pero hay días que aparecía en el pueblo afeitado y peripuesto, y decíamos …”ya se va a pregonar Castronuño a los cuatro vientos…” Y como amaba tanto a Castro se iba donde hiciera falta para conseguir cosas para el pueblo. Fíjate, convenció a mucha gente para venir a vivir, pero él sabía escoger muy bien a la gente y todo el que vino siempre cayó bien en el pueblo y además repartieron mucho trabajo para todos; se trajo a vivir a Quinito , el de la tele, que por eso sacaban a Castronuño en la pantalla a todas horas; a Manolo “el Ceuta” también, que montó la librería de la Muela y “El cisco”…, ya sabes, el periódico, y hasta la emisora local de radio.  A Gárate “el vasco” lo mismo; al que siempre le encantaron las plantas y el monte como buen vasco, montó lo del herbolario por Internet y también se quedó. Siempre estaba dispuesto a hablarte de su amor por las plantas o a darte remedios para cualquier cosa. O Nandi “el flaco”, siempre ¡pim, pam! con la gimnasia hasta que vino más gente a vivir y  montó el gimnasio.  Todos vinieron cuando este árbol; por el 2027; Patricia y Lucho con sus invernaderos…nadie se creía al principio que vivieran cultivando albaricoques, granados  y nueces…pero lo consiguieron.

Además, con el tiempo, todos hicieron casas rurales y bodegas -restaurante cuando llegó el auge del turismo en Castronuño; hasta se hizo el Centro Rural donde El Barrero. Y los castronuñeros sacamos nuestros talentos ocultos, Elías montó el taller de talla en la Plaza de las Culebras; Lola, al lado, el estudio de pintura; Luis volvió con la fragua de su familia, en la plaza; Carlos montó el restaurante en las Cuatro Calles; Alberto la panadería, junto a éste. Luisa que había emigrado, volvió para hacer sus cervezas artesanales; Rosa lo mismo, abrió su taller de joyería.

-Y sabía muchos idiomas…

– Sí, el abuelo viajó mucho de joven, hasta vivió con la abuela en Puerto Rico, no sé si de ahí le vino cantarnos habaneras en las fiestas…

– ¿Qué son habaneras?- preguntó Gerardín.

– Je, je…-sonrió su padre Germán-. Son canciones de hace mil años…es normal que no te suenen… Y nos contaba que desde que pisó tierra en San Juan, siempre le acompañó una voz interior que le decía  “Castronuño….Castronuño….”, hasta que al final se volvieron al pueblo… Entre lo que echaba de menos decía que, como allí no hacía frío, no les gustaba el cuchareo de las lentejas ni las alubias, tan ricas en invierno aquí, con lo que entonan…ya ves…el abuelo Abel.

Los ojos de Gerardín empezaban a empañarse y pronto saldría una lágrima, así que su padre cambió el tema de conversación:

  • Por cierto ¿te has repasado las islas del Caribe?
  • Sí, Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y Jamaica –respondió raudo Gerardín-
  • ¿Y las pequeñas?
  • Guadalupe, Martinica y Trinidad.
  • Perfecto, pero no se lo digas al profe que ahora no se llaman así.
  • Ya lo sé, es que así las enseñaba el abuelo Abel y es como aprendernos un himno para que lo oiga el abuelo desde dónde esté.
  • Eso es Gerar, ¡qué bien te lo sabes, pájaro…!, y cómete el mollete que te quedas pasmado escuchando; ¿sabes que el abuelo también se comía uno después de la cena como tú?
  • Y le querían poner una calle con su nombre…
  • Sí, por hacer tantas cosas por el pueblo, y sobre todo por ser buena persona; fíjate que el llamarle el bueno se lo pusieron después de morir porque todo el mundo coincidía en que no le pegaba otro adjetivo mejor.

Pues resulta que al morirse, el pueblo le quiso poner una calle con su nombre, pero él había dejado un testamento especial, que no hablaba de repartir casas o  coches. Decía por ejemplo que si se terciaba, él prefería tener un camino con su nombre y no una calle, y mejor aún que en homenaje a la abuela Estrella se llamara Camino de la Estrella, y al final lo hicieron nombrando así el camino que va al Palomar.

¡Cuánto se querían! Podría decirse que murieron el mismo día, porque los meses que sobrevivió el abuelo después de irse Estrella, ya era como otra persona.

Yo me aprendí de memoria el testamento y si te gusta ya te lo aprenderás tú dentro de unos años, igual hasta lo puedes sacar en el Verso de los Quintos.

Mira qué bonito lo que escribía el abuelo Abel el bueno:

“Estrella te pusieron y parece que no te hubiera valido otro nombre; cuando vinieron apuros en la vida miraba el brillo de tus ojos y veía que era inevitable que con ese fulgor vendrían buenos vientos más adelante.

Cuando iba vestido como un pimpollo de viaje a pregonar Castronuño, la encomienda debía  triunfar porque llevaba en las alforjas de discípulo la enseñanza de tus muchas virtudes: tu coraje que me hacía ir corriendo a todas partes como “aquel Ulises que salía en las enciclopedias”; tu cordialidad que me hacía ver lo que nos une a la gente por encima de las diferencias que nos separan; tu trabajo cotidiano e infatigable, siempre volcada en los demás; tu ternura con los niños , los mayores y los más débiles;  tu tenacidad , como los estoicos, cuando la vida ponía paredes verticales que escalar…”

Ambos desanduvieron lentísimamente la Calle Real,  meditando (con la cabeza y con la piel). Las estrellas de Orión brillaban misteriosamente como cada verano… las voces que oyó Abel en el Caribe les habían llevado a ellos a nacer aquí… la curva del Duero , como un vórtice, había convocado a tantas gentes a asentarse… la suerte de Abel se cocinó entre los fogones y el espíritu de Estrella… Gerardín tenía la querencia de su postre nocturno de mollete y para él también era un misterio, porque no era común. Pero acerca de las cosas no comunes hablaban los dos precisamente con las estrellas de Orión las noches de verano.

 

FIN.

Author: Castronuño

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