NOS VIGILAN

PRIMER PREMIO DE LA CATEGORÍA 4

II Concurso de relatos breves de la Biblioteca Municipal

Título: Nos vigilan

Autor: José María Gastón Caperuza

Categoría 4 (adultos)

 

Apoyadas en el tronco seco de lo que en su día fue un chopo, las dos charlaban tranquilamente, sin prisas.

– Tú dirás lo que quieras, pero ya te digo yo que esos nos vigilan.

– ¿Pero otra vez estás con esas tonterías?  dijo con sorna.

– Para mí no es ninguna tontería. Cada vez lo tengo más claro. Dime si no, ¿para qué pusieron ahí esas cámaras? Ayer, mi prima, la que vive por encima de la iglesia, me dijo que sospecha que esos tienen su base de operaciones en la casa que está al lado de la suya.

– ¿Base de operaciones?  sonrió mientras lo decía. No sé… La verdad es que estas teorías vuestras me cuesta mucho creerlas. A mí esos no me parecen tan malos como los pintáis. A veces hacen cosas buenas.

– ¡Cosas buenas, dice! A ver, dime: ¿el qué?

– La ampliación que hicieron de la zona en la que vivimos ahora me gusta mucho. Es muy extensa y quedó muy bonita.

– Bueno, tampoco es para tanto. He visto cosas mejores, créeme.

– ¿Y este embalse? Esta presa, en la que estamos ahora mismo tú y yo. Todo lo han hecho esos. No digas que no te gusta. Sólo hay que ver cómo disfrutas cada vez que estás aquí.

– Mira, ahí sí te doy la razón. Me gusta y disfruto mucho aquí. Pero pocas de las cosas que han hecho me convencen. Pocas. Y cuando digo pocas, ya sabes que me refiero a una o dos como mucho.

Ambas rieron con ganas. Seguían apoyadas en el tronco.

***

El día de mediados de mayo era soleado y con una temperatura muy agradable. De esos típicos días de primavera del centro de la meseta castellana. Ninguna nube en el cielo amenazaba con ocultar el sol. Día perfecto para la fotografía y el anillado de aves.

– Eloy, no te olvides del objetivo nuevo, le dijo Rosa a su hijo. Hoy tengo la sensación de que vamos a hacer un buen trabajo. Estas nuevas redes japonesas me gustan mucho. Y date prisa, tenemos que aprovechar bien el día, he visto que mañana va a empeorar el tiempo. Va a llover durante la mañana y gran parte de la tarde y, la verdad, buena falta hace, pero ya sabes que cuando se juntan la lluvia y el anillamiento de aves no dan muy buenos resultados ­¾ sentenció.

– Sí, mamá, ya voy. No me metas prisa. El objetivo ya lo metí ayer por la tarde en la mochila, dijo Eloy mientras metía, en ese mismo momento, el nuevo objetivo que le habían regalado por su 19 cumpleaños en la mochila. Una de esas mentiras que se dicen a veces  a las madres para que nos dejen tranquilos y vean que nos somos despistados.

Con todo listo, salieron a la calle y cargaron el equipo en el coche todoterreno que estaba aparcado en la misma puerta de la casa rural en la que estaban alojados. Pusieron rumbo hacia la presa de San José. Otra jornada de trabajo les esperaba.

***

Un martinete pasó por delante de ellas. Volaba tan rápido que encuestión de segundos desapareció entre los carrizales.

– ¿Te has enterado?­  dijo con la vista perdida en los carrizales.

– No. ¿De qué? Dime.

– Dos de sus hijos han caído en las redes de esos. Les capturaron junto con otros ocho más hace un par dedías. Muy cerca de aquí.

– Con razón llevaba esa cara de disgusto. ¿Por qué lo harán? No lo entiendo. Dicen que no les hacen daño y que les liberan rápido. Igual lo hacen para ayudarnos de alguna forma.

– ¿Ayudarnos? ¿A qué? No lo creo. Esos sólo piensan en ellos. Les damos totalmente igual. Si nos quieren ayudar que nos dejen tranquilos y respeten todo lo que nos rodea. Así sí que ayudarían – hizo una pausa y prosiguió. Ya ves, marcados para toda la vida. Pobres, espero que se puedan librar de esa lacra. Una vez que los marcan ya no vuelven a ser los mismos. Para que luego digas que no son tan malos.

– Espero hacerte cambiar de opinión algún día.

– Ojalá, pero lo dudo. Lo dudo mucho.

***

Rosa y Eloy llegaron a la presa de San José y aparcaron el coche en el parking cercano a las escaleras de bajada a la playa fluvial. Acto seguido, se dirigieron al puente de la presa. Una vez allí, con las cámaras en mano, se dispusieron a hacer las primeras fotografías.

– Eloy, mira, ¿las ves? Están ahí, en esa compuerta. Eloy asintió y se puso la cámara a la altura de los ojos, preparada para disparar. Ahora acércate despacio, con cautela y sin hacer mucho ruido, le dijo su madre en voz baja. E intenta esconderte lo máximo posible, si te ven ya sabes que se irán.

– En fin, a ver si… giró la cabeza y los vio. ¡Vaya! Con lo a gusto que estábamos. Mira, ahí vienen dos de esos, ¡y con cámaras! No sé tú, pero yo me voy a largar de aquí ya. No quiero que se me acerquen. Mira que son raros. ¿Te has fijado en que no saben volar? Qué torpes. ¿Te vienes o te quedas?

– Mira que eres. En fin, sí, me voy contigo, pero porque se me hace tarde ya. A mí no me dan ningún miedo. De hecho me parecen curiosos.

– ¡Ahora, Eloy! gritó Rosa.

Clic, clic, clic… Fueron varios los disparos que pudo hacer Eloy antes de que las dos garzas reales que estaban en una de las compuertas de la presa, posadas en el tronco seco de lo que en su día fue un chopo, alzaran el vuelo.

Al igual que el martinete hembra que se les había cruzado hacía unos minutos, las garzas fueron a los carrizales, hacia la charca que se puede observar desde la Casa de interpretación de la Naturaleza de la Reserva Natural, gracias a unas videocámaras colocadas para contemplar a las aves que allí anidan.

Las fotos quedaron preciosas. Eloy, al llegar a casa y verlas en su portátil, pensó que podría mandarlas a algún concurso.

 

Author: Castronuño

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